LINGÜÍSTICA

¿Por qué no paramos de inventar palabras?

Responde a esta pregunta Miguel Sánchez Ibañez en 'La (neo) lógica de las lenguas', donde pasea por los procedimientos de formación de neologismos huyendo de reglas y teorías

ARAGÓN CULTURA /
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Las palabras no llegan en un cofre otorgado por los dioses a los hombres de buena voluntad. Tampoco existen manantiales mágicos de los que manan torrentes de adverbios cada solsticio de verano (y la verdad es que es una pena). Y ni siquiera fluyen de los organismos y las instituciones que intentan clasificarlas. Las palabras nacen de quienes las profieren, las susurran o las declaman.

¿Y por qué no podemos parar de crear palabras? Es la pregunta que se hace -o que más bien trata de responder- Miguel Sánchez Ibáñez en el ensayo ‘La (neo)lógica de las lenguas’ que publica la editorial Pie de Página

Sánchez asegura en el libro que cualquier persona “es una inventora a pleno rendimiento, ideando sin cesar artilugios que le hacen la vida más fácil a ella y a quienes la rodean”. ¿Qué procesos involuntarios -o no- nos llevan a crear estas palabras? "La inmensa mayoría de las veces lo hacemos por imitación, asimilando lo que escuchamos de otras bocas y asumiendo que si lo pronunciamos nosotros también, nuestro interlocutor dará por hecho que nos referimos a lo mismo", explica en una entrevista en 'La Cadiera' de Aragón Radio.

¿Pero todo vale – vale todo en el arte de crear o inventar palabras? ¿Es decir, debemos seguir alguna regla? "Ha de ser legible, para asegurar su pronunciación y el fijarla en nuestra memoria para que se siga usando", aclara Sánchez.

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Entrevista a Miguel Sánchez en 'La Cadiera'
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