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Historias de Panticosa para recordar

‘Panticosa: Historias de su historia’, la revista sobre la vida y recuerdos de los mayores de la localidad

Aragón Cultura /
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Remontémonos al siglo pasado. En un pueblo de Huesca, niños y niñas correteaban por sus calles sin saber que hoy su infancia sería indispensable para entender la historia de Panticosa.

Ya en el periodo de gestación, los niños tenían la infancia escrita. Las familias esperaban ansiosas los nacimientos que sucedían en el pueblo. “Mucha gente daba alguna golosina, alguna nuez o alguna manzana, como signo de felicitación”, cuenta Ricardo Mur Saura en la revista ‘Panticosa: Historias de su historia’. Sin embargo, no todos tenían esta suerte. Había personas que perdían a sus hijos recién nacidos y tenían que enterrarlos en “un rincón del cementerio llamado limbo”, y otras mujeres solteras que se veían obligadas a abandonar a sus hijos en alguna casa rica o en el hospicio.

Una vez el bebé había llegado al mundo, tocaba escoger el nombre. En ese caso no se hacía mirando en internet nombres que empezasen por la letra del abecedario que más te gusta o eligiendo el nombre del actor o actriz favorita de la familia. En esos tiempos, el nombre del neonato se elegía por el santo o por los padres y abuelos, además de heredar el mote del padre y nombre de la casa. Para aquellos niños abandonados, al no tener familia, se les ponía el apellido Gracia o Expósito.

INFANCIA Y JUEGOS

A los tres años ya dejaban de ser bebés, y Ricardo lo cuenta de una forma bastante curiosa: “Para el destete, la madre untaba el pezón con vinagre, ajo, o algo parecido”. A partir de aquí, el niño comenzaba el periodo de infancia.

En la infancia predominan los juegos y la diversión. Juan José Guillén recuerda que la calle principal de Panticosa era “un campo de juego perfecto para los niños”. En ese lugar, los más pequeños jugaban a diversos juegos como ‘El juego de la bola’, conocido actualmente como ‘las canicas’; ‘Tú la llevas’, también conocido como ‘el escondite’; ‘Tres navíos hay en la mar’, que Juan José lo llamaba ‘Tres novios hay en la mar’; y muchos más.

"Éramos felices", Mª Pilar Belío Morlans y Mª Carmen Navarro Allué.

HORA DE ESTUDIAR

Al ‘Colegio de las monjas’, actualmente Colegio Público Royo Aznar Royo-Val de Panticosa, se accedía con 3 años. Mª Pilar Belío Morlans y Mª Carmen Navarro Allué recuerdan a dos monjas que se ocupaban de ellos en esa etapa. La jornada escolar era de mañana y tarde, horario que dejó de practicarse hace pocos años. Por la mañana, leer y contar; por la tarde, divertirse y jugar.

A partir de los 6 años, los caminos de los niños y niñas del pueblo se separaban. Los chicos pasaban a las escuelas nacionales con maestros, y las chicas tenían la opción de permanecer en el colegio hasta los 14 años o pasar a la escuela nacional con maestras tituladas. Dejaron de jugar y divertirse, y pasaron a ser pequeñas personas que aprenden.

Matemáticas y lengua: asignaturas diurnas para todos. Sin embargo, las tardes eran diferentes. Para las chicas se impartía la asignatura ‘Hogar’, en la que aprendían a coser. Los chicos, por el contrario, comenzaban su labor hacia la iglesia convirtiéndose en monaguillos. Esta etapa estudiantil ya no era jauja. “Como hablábamos mucho, la madre se enfadaba y los castigos consistían en ponerse de pie a la pared o de rodillas, además de escribir cien veces ‘no lo volveré a hacer’”.

Para todos aquellos que no podían acudir a las escuelas mañana y tarde, Ricardo Mur Saura habla de las ‘escuelas de pastores’: “Son un antecedente de los actuales estudios nocturnos, impartidas fuera de horario por maestros con ganas de trabajar”.

TRABAJO TEMPRANO

Dependiendo de la persona, se comenzaba en el mundo laboral a una edad diferente: a los doce, a los diez, a los seis… Entre los 6 y los 12 años, a los niños se le delegaban una serie de tareas y trabajos. Y es que ahora es impensable abandonar los estudios primarios para ir a trabajar, pero en ese entonces era muy típico, con la consecuencia de que después les tocaba “darle la lección al maestro”.

“Los únicos medios de vida eran la pequeña agricultura y la ganadería”, rememora Juan Miguel de Lope Royo. Así es como maduraban los más pequeños de la casa en ese entonces: acompañando a su padre al pastoreo y, en un momento dado, controlando al rebaño ellos solos. Además de la responsabilidad del ganado, también se tenían que encargar de los animales domésticos. Esa etapa estaba marcada por ser los encargados de llevar el sustento a casa y, en el caso de tener tiempo libre, acudir a la escuela.

FIESTA, FIESTA Y FIESTA

En las festividades locales, los pequeños participaban en lo que fuese necesario para que las actividades festivas fuesen completamente satisfactorias. No hablamos de las verbenas, sino de los actos religiosos que se realizaban hace años en Panticosa.

La Semana Santa era uno de los acontecimientos sociales en los que los niños y niñas tenían un papel fundamental. Las chicas se disfrazaban de samaritanas detrás de las marías y participaban en los oficios, mientas que los niños agitaban las carracas en la procesión.

En el Mes de Mayo, las niñas cantaban versos a la iglesia que, a pesar de que pasen los años, recuerdan como si los hubiesen cantado ayer mismo:

Como soy tan pequeñita

Y tengo tan poca voz

Sólo me atrevo a decir

¡Viva la madre de Dios!

El día del Corpus Christi, las niñas recorrían la procesión vestidas de Primera Comunión, y los niños las escoltaban en los laterales. En la festividad de San Roque, celebrada en Panticosa, los niños ejercían de monaguillos llevando la cruz procesional.

AÑORANZA

“Como pensamiento compartido, tenemos la necesidad de proteger a esas personitas que están viviéndola, queriendo cuidarlas y salvaguardar, también, esa inocencia que añoramos”, cuentan Javiera Jazmín y Contreras Cerdá.

Todos recuerdan su infancia con gran nostalgia. Esta revista tiene el objetivo de compartir los recuerdos de todos aquellos que vivieron en un pequeño pueblo oscense, para que los más jóvenes puedan ver con otros ojos el pasado que sus familias vivieron.

Fotografías

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