Capítulo 11. 'María de Montpellier y Pedro II, un matrimonio a cambio de una ciudad'

Nueva entrega de 'Reinas, damas y señoras, mujeres ocultas en la Casa Real de Aragón' en Aragón Radio

ARAGÓN CULTURA /
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María de Montpellier, la esposa de Pedro II fue una mujer desgraciada que vivió tres matrimonios e innumerables muestras de rechazo. Su dote, la importantísima ciudad de Montpellier y sus tierras la hicieron muy deseada, hasta el momento de la boda.

Nacida hacia 1180-1181, aunque se ignora dónde, María era hija única de Guillén o Guillermo VIII de Montpellier y de Eudoxia Comneno, hija a su vez de Manuel I emperador de Constantinopla. La princesa Eudoxia había viajado años antes hacia Aragón para contraer matrimonio con Alfonso II, pero cuando cruzó los Pirineos, el entonces príncipe aragonés ya estaba casado con Sancha de Castilla. Rápidamente se arregló la boda de Eudoxia con Guillermo y antes de que este matrimonio se rompiera, nació María.

El primer matrimonio de María se celebró en 1194, cuando ella contaba con apenas 12 años. El elegido fue el vizconde Barral de Marsella y ella recibió una dote de 100 marcos de plata a cambio de su renuncia expresa sobre sus derechos al señorío de Montpellier. Pero su primer marido murió a los pocos meses.

María tenía 15 años cuando quedó viuda por primera vez. Inmediatamente se le buscó una nueva boda con Bernardo IV, conde de Comminges. Corría el año 1197 y María, de nuevo, tuvo que renunciar a sus derechos sobre Montpellier. Por esta razón cuando murió su padre a fines de1202 este señorío pasó a su hermanastro Guillermo, hijo de Inés de Castilla, vástago que el Papado consideraba ilegítimo.

María tampoco fue feliz en su 2º matrimonio con Bernardo IV de Comminges y unos años después fue repudiada.  El de Comminges alegaba razones de parentesco y que un matrimonio anterior que no había sido disuelto. Su intención era casarse de nuevo. Ella, estaba embarazada de su segunda hija.

En  la primavera de 1204 María pasó a ser señora de Montpellier, tras conseguir con la ayuda del Papa recuperar sus derechos sobre la ciudad y en junio de ese mismo año se convertía en reina de Aragón al casarse con Pedro II. El único interés de Pedro era la rica ciudad mediterránea con todo su señorío que ella aportaba como dote y que se estipuló que pasaría al primogénito varón que de ellos naciera. La situación de las arcas aragonesas era tan penosa que el monarca, prácticamente arruinado, aceptó un préstamo del conde de Provenza para casarse con María.

A los pocos días de su boda, su marido ya actuaba como dueño y señor de Montpellier, omitiendo toda referencia a su mujer que era la titular legítima. Aquel matrimonio fue un arreglo político en el que el rey nunca disimuló su rechazo personal hacia su esposa, llegando a evitar, en lo posible, yacer con ella. Intentó, además anular la boda desde poco después de haberse celebrado. Un año más tarde (11 de septiembre de 1205) Pedro conseguía arrancar de su mujer la renuncia total a todos sus derechos sobre el señorío de su propiedad, algo que era contrario a lo firmado en el contrato matrimonial.

De los escasos encuentros entre los cónyuges nacieron dos hijos: la primera fue Sancha a la que su padre le pacto un matrimonio con el hijo del conde de Tolosa, filocátaro,  a pesar de las protestas de la madre que, finalmente, no tuvo lugar por el temprano fallecimiento de la niña. Ante la actitud contraria de María ante las nupcias de su hija, la reacción de su esposo fue dura: amenazas, privación de amigos, de consejeros...

El episodio, a medio camino entre la extorsión política y la violencia doméstica, lo conocemos por una declaración solemne de protesta de la misma reina, uno de los pocos testimonios medievales de denuncia de una esposa por los abusos de su marido.

"Viendo y considerando que estos acuerdos se hacen en gran detrimento mío, no he querido aprobarlos ni confirmarlos. Por lo cual, por parte del propio rey, mi marido, he sido objeto de muchas amenazas indignas y he sido crucificada, y a pesar de ello no he querido aprobar lo que había hecho; digo más, le dije: «No lo aprobaré jamás». El rey Pedro, mi marido, viendo que de esta forma no quería aprobarlo, me dijo que, si no lo consentía, no prestaría ninguna ayuda a la ciudad de Montpellier y sus dependencias, sino que la abandonaría para siempre, porque no quería tener una tierra, un señorío o una esposa, o cualquier otra cosa, de la que no pudiera disponer a su voluntad.

Y yo, entonces, elevando mi voz, se lo dije varias veces: «¿Por qué queréis defraudarme?». Él, encolerizado, me respondió que quería que aprobara estos acuerdos, porque se había comprometido a que yo lo haría, y que, si yo no lo hacía, le causaría un gran perjuicio. Y dichas estas palabras, el dicho rey, airado, se retiró. Y yo, privada de mis amigos y mis consejeros, me quedé en la mayor angustia y sin saber lo que debía hacer (…) Por lo cual, como no podía hacer otra cosa y porque temía que el rey, a causa de las amenazas antes mencionadas y lo que yo le había dicho, me abandonase a mí y a todo lo que es mío (…), diciendo «apruebo todo esto coaccionada», lo aprobé y, coaccionada con gran violencia, lo juré.

Mientras intentaba disolver el matrimonio, Pedro II preparaba en 1206 su boda con la heredera nominal del trono de Jerusalén, María de Montferrato, y mantenía relaciones con varias amantes. Unos años después, en 1213,  el monarca aún intentaba otro matrimonio, en este caso con la hija del rey de Francia Felipe II Augusto, María, en vísperas de la batalla de Muret.

El matrimonio de Pedro II y María de Montpellier fue un desastre pero de sus escasas treguas matrimoniales nacieron 2 hijos: la ya citada infanta Sancha (nacida en octubre de 1205) y el futuro Jaime I en 1208,  en este caso utilizando el engaño. Pero esa historia la descubriremos en el siguiente capitulo del podcast Reinas, Damas y Señoras, mujeres ocultas en la Casa Real de Aragón.

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